
Me disculpas por no saber que día es hoy, pero soy un viejo enfermo y creo que lo único que debes saber es que voy a irme muy lejos, voy a regresar a mi hogar verdadero, lo único que importa es que me iré y no tuve la dicha de volver a verte, a mis ochenta años, mi vida humana va a caducar y tu hijo, no estás aquí.
Sé que piensas que soy un viejo mentiroso, que vivo de inventar cosas elaboradas y sin sentido, pero sin una pisca de verdad. Pero quiero que sepas con certeza, que yo sé lo que he vivido y con eso me basta, claro que nunca se me dificulto usar la imaginación de cuando en cuando. Si por mí fuera, seguiría contando cuentos. Recuerdas cuando me pedias que te contara uno, cuando aun creías en ellos, cuando aun creías en mi. Hoy, aprovechando que no volveré a ver la tierra, he decidido tomar mi último viaje y voy a contártelo todo, aunque ya no te interese, pero aún recuerdo cuando me rogabas por acompañarme en mis viajes.
¡Vaya, lo que le puede pasar a uno cuando hace viajes a la exosfera! Que iba a saber yo que un barco lleno de globos puede llegar tan alto. Subía y subía, cada vez mas, incluso llegue a preocuparme mientras veía como la tierra quedaba allá debajo de mí, y tu hijo, tú te quedaste ahí también.
Vi en mi camino a la luna muy de cerca, en efecto, no es de queso como lo sostienen algunos ingenuos que nunca le han visto desde esta perspectiva, parece ser, aunque no estoy muy seguro, que está hecha de algún tipo de cristal que mantiene su brillo gracias a unos pequeños seres, los cuales están limpiándola todo el tiempo. Son unas creaturas pequeñitas de no más de medio metro de alto, con brazos del doble de su tamaño y sin boca, no hacen nada más que limpiar por doquier, se mueven como locos sacando brillo al cristal con sus lenguas, que están hechas de esponja.
En mi llegada al espacio estelar, pude comprobar la existencia de las sirenas espaciales, pensaba que eran solo un mito, pero veo que no. Estaban allí algunas en sus botes salvavidas y otras en unas escaleras que van incrustadas en el corazón solar, tenían cabello dorado y se les reflejaba el fuego en los ojos, ¡eran hermosas!, me hubiera gustado quedarme con ellas pero se les acabo el aire a mis globitos y fui callendo muy a prisa. Caí, caí y caí hasta volver a entrar a la troposfera.
Fui a parar a una especie de jungla llena de hormigas, se me subieron al bote y comenzaron a picarme, al mirarlas de cerca, vi que se trataba de los homofilicanis, pequeños hombrecitos que trabajan la madera. Al parecer, no pudieron resistir a mi barquita, hecha de la madera más fuerte que hay y rápidamente me despojaron de ella. Ya cansado, decidí buscar el camino a mi hogar, a mi verdadero hogar y pues, he utilizado el instinto para encontrarlo, y aquí estoy.
Parado a la orilla del mar, esperando a que suceda, dejare la carta en la orilla, con tu nombre al frente, se que las casualidades de la vida la llevaran hasta ti. He de regresar ya la océano, de donde vine, nunca me creíste, pues bien ahora lo verás, me encargaré de que mi alma humana salga a la superficie a verte de vez en cuando. Mi pie ha tocado la espuma. Adiós hijo mío, creo que ya debo partir. Adiós.
Hernández Moreno, Amanda María.